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El tiempo que Lima nos quita: ¿Cómo sobrevivir al estrés de una ciudad que nos lleva al límite?

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Tráfico vehicular en Lima con buses de transporte público detenidos durante hora punta en una vía elevada.
Congestión vehicular en el Bypass de Habich en San Martín de Porres (Andina)

Por Mauricio Berríos

Cuando Stefanía sube al primer bus del día, Lima aún bosteza y su cielo aún es oscuro. Ella tiene 20 años y vive en Huaycán. Todos los días pasa un promedio de 5 horas transportándose de su casa a la universidad y viceversa. Toma entre 3 y 4 buses por trayecto y gasta hasta 10 soles diarios en pasajes, siempre y cuando no se haga tarde y tenga que subirse a un auto colectivo para llegar a tiempo, a coste de pagar más. 

Descansa poco y duerme menos. Estudia enfermería en la Universidad Peruana Cayetano Heredia y sus días pueden comenzar tan temprano como las 4 de la mañana para llegar sin complicaciones a su clase de las 7. Su jornada continúa con rotaciones en el Hospital Nacional Arzobispo Loayza, de las que muchas veces sale cuando ya es de noche de nuevo, llegando a casa promediando las 10 p. m. Teniendo apenas tiempo para comer, terminar sus pendientes y dormir un par de horas antes de repetir la rutina.

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El día de Stefanía empieza teniendo que lidiar con el tráfico a pesar de que aún son las 5 de la mañana.
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Cuando el bus no avanza, Stefanía suele bajar a completar la ruta hacia su siguiente conexión a pie.
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Largas colas se forman en los paraderos desde mucho antes de las 6 A.M.
A veces incluso debe caminar sobre las vías del tren.
En los días más complicados, en los que ni en un auto colectivo llegaría a tiempo, Stefanía llega a tomar hasta motos lineales para tratar de sortear el embotellamiento.
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Por las noches las calles se vuelven más peligrosas, pero Stefanía aún debe completar trayectos a pie debido al tráfico.

“He considerado incluso dejar la carrera. Muchas veces llego a casa a llorar de estrés y frustración. Viajo constantemente parada, apretada y hasta he llegado a sufrir de acoso en el transporte público y he temido que me roben o hagan daño por la inseguridad (…) De lunes a sábado no tengo tiempo para nada. No puedo hacer deporte o salir con mis amigos y mi salud física y mental se ha visto afectada”.

La historia de Stefanía es la realidad de muchísimos limeños, pues en nuestra ciudad el tiempo libre no se pierde: a veces simplemente no existe.

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La odisea del tráfico limeño

Según TomTom, compañía holandesa que analiza congestión vehicular y navegación por GPS, en 2024 Lima fue la ciudad en la que más tiempo se perdió en el tráfico a nivel mundial. En promedio, los limeños desperdiciamos 155 horas al año atrapados en las calles. Mirando a nuestros vecinos, esto es el doble que Río de Janeiro, 36 horas más que Bogotá y 55 más que Santiago. Por su parte, Lima Cómo Vamos reporta que el 75 % de los limeños y chalacos utilizan transporte público para movilizarse, mientras que el 25 % viaja durante más de 2 horas todos los días.

Ante este escenario, Adolfo Aguinaga, psicólogo y docente de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, afirma que en Lima “las personas no hacen lo que quieren hacer, sino lo que pueden hacer”. Explica que, en muchos casos, los ciudadanos descartan un trabajo o centro de estudios que les interesa debido a la distancia, o bien terminan acudiendo a lugares que les gustan, pero que, por requerir largos trayectos, acaban generándoles tanto cansancio que dejan de disfrutarlos como al inicio.

Psicólogo Adolfo Aguinaga de la Universidad Peruana Cayetano Heredia

“Esto afecta la autoestima, porque uno siempre quiere hacer cosas que le gustan y desarrollarse en espacios en los cuales pueda mejorar su vida, pero si la ciudad no te lo permite por las trabas que suponen el tráfico, la distancia y la inseguridad, pues tu autoestima se va debilitando a medida que crece tu frustración y empiezas a pensar que no eres capaz de conseguir cosas. Te valoras menos, crees que no eres suficiente y eso motiva también reacciones como desgano, desmotivación y hasta abandono del trabajo o estudios”.

Sin embargo, el tiempo perdido en la Javier Prado o la Panamericana no es el único problema, pues no solo perdemos tiempo moviéndonos; sino que tampoco tenemos dónde recuperarlo.

Congestión vehicular en Lima muestra el impacto del tráfico en el tiempo y la calidad de vida de los ciudadanos.
Congestión vehicular en la Costa Verde (Andina)

Cuando el descanso se vuelve un privilegio

Lima no es solo una ciudad en la que el tiempo libre es limitado, sino una en la que incluso durante el tiempo libre las opciones de ocio y esparcimiento son limitadas.

Según un Informe de la Municipalidad de Lima, la capital peruana posee apenas 3.5 metros cuadrados de áreas verdes por habitante. Muy lejos del promedio regional de 9 y del promedio de 11 recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Lo que es más, apenas el 15% vive a menos de 1 kilómetro de un área verde cerca a su hogar.

Al respecto, Javier Díaz-Albertini, sociólogo y columnista de El Comercio, comenta:

Sociólogo Javier Díaz-Albertini de la Universidad de Lima y la Universidad del Pacífico

“Lima no solo sufre de falta de áreas verdes, sino que estas están distribuidas por nivel socioeconómico. Un miraflorino o sanisidrino solo debe salir de su casa y caminar un par de cuadras para encontrar un parque, mientras que alguien del Rímac o Villa María del Triunfo debe tomar un bus para poder disfrutar de un espacio público de calidad. Incluso en los distritos periféricos los espacios verdes más grandes suelen estar enrejados y cobran por la entrada, alejándolos de la gente”.

A esto hay que sumarle la inseguridad, pues en una ciudad en la que se roban más de 4000 celulares al día, y matan a conductores a diestra y siniestra por negarse a pagar 20 soles, no sorprende que cada vez más limeños eviten salir en las noches y vivan con temor constante, reduciendo aún más las posibilidades de recreación.

Díaz-Albertini explica que, en contraste de otras ciudades del mundo, el lugar de ocio preferido por los limeños no son los parques, sino los centros comerciales, ya que estos, a diferencia de los primeros, son limpios, seguros y hasta ofrecen frescura en los días más calurosos del verano, cosa que es difícil obtener en tantos parques que, en realidad, son arenales sin árboles y, además, escasean en nuestra gran ciudad.

En Lima, poder jugar y disfrutar de sombra en un parque es un privilegio de los sectores sociales más acomodados.

Imagen-que-muestra-la-escasez-de-areas-verdes-en-Lima-una-ciudad-donde-el-acceso-a-espacios-de-descanso-y-recreacion-sigue-siendo-desigual-y-limitado-para-gran-parte-de-la-poblacion
La falta de áreas verdes es uno de los problemas más comunes en Lima (Andina)

El problema de «ponerse la camiseta»

Como si todo esto fuera poco, existe otro factor que condena más a los sufridos limeños: nuestra cultura laboral basada en horarios extensos, el poco respeto al descanso y la hiperconectividad.

Según Díaz-Albertini, en nuestro país el trabajador promedio está dispuesto a quedarse para seguir trabajando fuera de horario y normaliza estar 24/7 atento a correos o whatsapps que lleguen por las noches o los fines de semana. Esto debido a la constante competencia, el miedo a perder el empleo y finalmente… la costumbre.

Adolfo Aguinaga señala que esta rutina que nunca se detiene provoca estrés crónico en los ciudadanos, pues “existe un cansancio mental que repercute en dificultad para concentrarse, para atender y hasta afecta la memoria”. El psicólogo añade que “el debilitamiento de estas funciones cognitivas primarias impacta fuertemente en las relaciones humanas. Las personas pierden energía para sostener vínculos sociales sanos, ya que muchas veces llegan a casa cansados sin ganas de establecer relaciones cercanas incluso con los miembros de su familia”.

Trabajadores peruanos en una oficina realizando tareas administrativas frente a computadoras, en una jornada laboral de oficina.
La formalidad laboral en el Perú apenas alcanza al 30% de los trabajadores (Andina)

Darse un respiro

La sensación generalizada es que los adultos limeños no trabajan para vivir, sino que viven para trabajar. Incluso la vida social se vuelve un lujo cuando el día y las condiciones solo alcanzan para sobrevivir. ¿Cómo podemos darle la vuelta a esta desalentadora realidad?

Si bien la solución a tantos problemas depende de profundas reformas a largo plazo, que necesitan de voluntad política tanto a nivel municipal como estatal, aún hay algunas acciones individuales que pueden ayudarnos a amortiguar, al menos un poco, las consecuencias de vivir en el frenetismo de la ciudad.

Para el Dr. Aguinaga, recuperar el sueño es el primer paso.

“Hay que tratar de dormir bien. Salir a caminar, escuchar música y sobre todo desconectarse de las pantallas un par de horas antes puede ayudar a alcanzar el sueño profundo más rápidamente y levantarse con más energía el día siguiente. El sueño es el principal regulador emocional. Es lo que permite al cerebro y organismo recobrar energías y también tiene un efecto sobre la estabilidad emocional. Una persona que duerme bien se despierta con un ánimo diferente y esto se comparte con su entorno, haciéndolo más ameno”.

El psicólogo enfatiza además la importancia de reconstruir los vínculos que el ritmo limeño erosiona.

“Si no se le puede dar cantidad de tiempo a la familia, podemos tratar de darles calidad. El poco tiempo que tengamos con ellos durante el día hay que aprovecharlo para conversar, contarles nuestro día y escuchar el de ellos. Porque cuando uno comparte con otros los problemas o frustraciones, estas sensaciones negativas suelen disminuir”. 

Mientras tanto, para millones de limeños como Stefanía de Huaycán, sobrevivir a la rutina significa adaptarse, resistir y encontrar espacios de respiro y esperanza en una ciudad que, aún siendo dura, no logra apagar del todo nuestras ganas de salir adelante.