El origen de la concha de abanico: la historia de millones de años que hoy sostiene una economía entera
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Por Francisco Vidal
A primera hora de la mañana, frente a la costa norte del Perú, miles de conchas de abanico crecen sujetas a sistemas de cultivo o sembradas en el fondo marino, dependiendo de condiciones ambientales que cambian constantemente. Katy Viza ha aprendido a leer esas variaciones. Lleva más de 30 años trabajando en la bahía de Sechura (Piura), revisando coordenadas, supervisando a los buzos y asegurándose de que los corrales donde crecen las conchas de abanico estén en buen estado.
Su trabajo forma parte de una gran red económica y comercial que tiene como recurso principal a estos moluscos. Según la Oficina de Estudios Económicos del Ministerio de la Producción (Produce), en el 2025, el cultivo de concha de abanico representó el 35.8% del total cosechado a nivel nacional y más de 13 mil acuicultores peruanos se dedicaron a la producción del molusco ese mismo año.
La región de Piura concentra el 69% de la producción nacional a la fecha de diciembre del 2025, lo que impacta en la vida de la población piurana y, especialmente, en la Bahía de Sechura. Aquellas conchas con las que Katy trabaja, sin embargo, tienen una historia que empezó mucho antes de que existiera la pesca, la acuicultura o incluso la costa tal como la conocemos hoy.

Un origen que cambia lo que sabíamos
Durante décadas, la historia evolutiva de la concha de abanico, cuyo nombre científico es Argopecten purpuratus, se explicó principalmente a partir de su morfología. Bajo ese enfoque, distintos estudios la vinculaban con especies del Atlántico y situaban la separación entre los linajes del Pacífico y el Atlántico hace entre 6 y 7 millones de años. Con el tiempo, sin embargo, esa interpretación empezó a mostrar inconsistencias.
Un estudio reciente publicado en Journal of Molluscan Studies abordó esa discrepancia integrando dos líneas de evidencia que rara vez se analizan de forma conjunta: el registro fósil y los datos genéticos. La investigación, liderada por la MSc. María Isabel Ruiz-Ruiz junto a un equipo interdisciplinario del Centro de Investigación para el Desarrollo Integral y Sostenible (CIDIS) de la Universidad Peruana Cayetano Heredia (UPCH), combinó secuencias del genoma mitocondrial con fósiles validados para reconstruir la evolución del género Argopecten con mayor precisión.

Al integrar ambas fuentes en un mismo análisis, el estudio aportó a resolver una discusión de larga data. Los resultados muestran que la divergencia entre las especies del Pacífico ocurrió hace aproximadamente 26.6 millones de años, durante el Oligoceno tardío, y no hace 6 o 7 millones de años como se pensaba. Además, el análisis sugiere que este proceso pudo haberse dado en la región que hoy ocupa Centroamérica, en un contexto en el que la conexión entre el Pacífico y el Atlántico era distinta a la actual.
Los autores proponen que la coexistencia de aguas frías y cálidas, en un sistema oceánico aún en transformación, podría haber favorecido las condiciones para esta separación temprana. De esta manera, el hallazgo no solo redefine una escala temporal, sino que también nos invita a preguntarnos cómo era ese océano en el que estas especies comenzaron a divergir.
Un océano que ya no existe
Para responder a esa pregunta, es necesario situarse en un planeta distinto. Durante el periodo en que ocurrió esta divergencia, la región que hoy ocupa el Istmo de Panamá aún no actuaba como la barrera oceánica continua que conocemos hoy, lo que permitía una mayor conexión entre el Pacífico y el Atlántico y un intercambio más activo de masas de agua, nutrientes y organismos.

En ese escenario, los océanos no solo eran más cálidos, sino también más dinámicos. Las conexiones entre cuencas generaban intercambios constantes y condiciones ambientales variables, donde los nichos ecológicos no eran estables en el tiempo. En contextos así, las especies podían adaptarse, desplazarse o desaparecer. Sin embargo, cabe mencionar que el estudio no mide de forma específica esas condiciones, sino que las interpreta a partir de evidencia geológica.

En ese proceso, los fósiles cumplen un rol central. No solo documentan qué especies existieron, sino que permiten entender cómo respondieron a cambios ambientales a lo largo del tiempo. Como explica la Dra. Diana Ochoa, coautora del artículo e investigadora del CIDIS:
“El estudio de los fósiles es la única herramienta que tenemos para conocer la diversidad real en el pasado. Nos permite no solo identificar formas que hoy ya no existen, sino también entender cómo ciertos rasgos respondieron a cambios en la temperatura, en la química del agua o en otros factores ambientales. Esa información es clave para interpretar cómo se han ido configurando los ecosistemas que vemos hoy”.
Esa evidencia exige además un manejo riguroso. Según detalla el estudio, los fósiles utilizados fueron previamente evaluados para asegurar su correcta clasificación, descartando registros dudosos. Este es un aspecto esencial en la paleontología, pues un error puede alterar significativamente las estimaciones sobre cuándo ocurrieron los procesos evolutivos.
Aporte que nació en el aula
El estudio no solo ofrece nuevos resultados sobre la historia evolutiva de la concha de abanico, sino que también muestra cómo es posible reconstruir procesos complejos a partir de distintas fuentes de evidencia. La investigación se originó en el trabajo que María Isabel Ruiz-Ruiz desarrolló siendo estudiante de Biología en Cayetano Heredia, bajo la supervisión del Dr. Pedro E. Romero, y fue creciendo hasta convertirse en un esfuerzo de mayor alcance.

En ese proceso, el acceso a colecciones científicas resultó clave. El análisis se apoyó en la colección de invertebrados reunida por el investigador del IRD (Institut de recherche pour le développement), Dr. Luc Ortlieb, actualmente bajo custodia y gestión del CIDIS. Este tipo de inventarios fósiles no solo preserva el registro del pasado, sino que permite revisarlo con nuevas herramientas y preguntas.

Para la Mcs. Ruiz Ruiz, el aporte del estudio radica precisamente en esa integración:
“El aporte central está en reconstruir el perfil histórico y evolutivo de la biodiversidad marina integrando distintas fuentes de información. Los estudios genómicos, en conjunto con los paleontológicos, permiten entender no solo el origen de las especies, sino también sus adaptaciones a lo largo del tiempo”.
Una especie moldeada también por su entorno
Aunque su linaje se remonta a millones de años, la concha de abanico tal como se conoce hoy tiene un origen más reciente. Según el estudio, el ancestro común más cercano de sus poblaciones actuales data de aproximadamente 3.77 millones de años, en un contexto de enfriamiento global.
Desde entonces, la especie ha persistido en uno de los sistemas marinos más variables del planeta, como lo es la corriente de Humboldt. Allí, las condiciones no son estables. Aguas frías, alta productividad, bajos niveles de oxígeno (hipoxia) y eventos como El Niño configuran un entorno exigente, donde la supervivencia depende de la capacidad de adaptación.

Según el estudio, esta historia ambiental habría favorecido la presencia de organismos con mayor tolerancia a cambios en temperatura, oxígeno y acidez, una plasticidad que explica tanto su permanencia en el tiempo como su presencia actual en ecosistemas dinámicos. Aunque en los últimos años, el impacto ambiental ha sido de especial relevancia.
“Hoy en día, el cambio climático afecta el ecosistema y puede haber periodos de escasez de semillas y larvas en la bahía”, comenta Katy. “Con la naturaleza nada está dicho y hay situaciones impredecibles. Sabemos que los veranos afectan y las asociaciones pasan por un periodo complicado. Aun así, tuvimos ayuda”.
Katy recuerda con especial gratitud el acompañamiento del Centro de Innovación Productiva y Transferencia Tecnológica Privado Acuícola (CITEacuícola) de la UPCH, liderado por la Dra. María Rivera, cuando el centro instaló los hatcher, laboratorios de producción de larvas especializados en la cría, incubación y reproducción artificial de organismos acuáticos.
“Cayetano Heredia, a través del CITEacuícola, es de las pocas instituciones que ha tenido presencia en la Bahía de Sechura. Los laboratorios tienen un rol muy importante, nos ayudaron a tener un semilla excelente e idónea para sobrevivir en la naturaleza y nos equiparon para una alerta temprana de los cambios y la medición de salinidad y temperatura oceánica”, menciona Katy.

El impacto de hoy
Más allá de los datos productivos y económicos, la actividad en base a la concha de abanico sostiene más de 40 mil puestos de trabajo a su alrededor y ha generado transformaciones importantes en el tejido social. Katy Viza destaca, por ejemplo, el creciente rol de las mujeres en la maricultura, no solo como parte de la mano de obra, sino también en espacios de organización y liderazgo. Según explica, esta participación ha tenido efectos directos en la economía familiar y en el bienestar de las comunidades.

“No es fácil, la gente puede ser cerrada, pero con persistencia se va haciendo un campo y han aceptado el liderazgo de mujeres en la maricultura”, menciona Katy. No en cualquier lugar se puede cultivar la concha de abanico. En la bahía de Sechura se ha logrado producir a gran escala, aportando a que el Perú sea el tercer país mundial en exportación de conchas de abanico en el mercado internacional. Por ello, la población cuida mucho este recurso.
La historia evolutiva no es solo una reconstrucción del pasado, sino una forma de entender cómo las especies han respondido a entornos cambiantes. Como señala la Dra. Diana Ochoa, la única manera de anticipar cómo pueden responder frente a cambios climáticos severos es mirar cómo lo han hecho antes. La tendencia contemporánea en ciencia apunta justamente hacia enfoques interdisciplinarios que no solo buscan entender a los organismos, sino también aportar a temas aplicados como manejo, distribución y conservación.
Esa misma lógica se refleja hoy en la bahía de Sechura, donde las condiciones del mar varían de forma constante y el cultivo de concha de abanico depende de esa dinámica. Con más de tres décadas de experiencia, Katy Viza ha aprendido a trabajar en ese escenario dinámico, ajustando cada decisión a lo que ocurre en el mar. Lo que hoy sostiene miles de vidas comenzó hace millones de años, en un océano distinto, pero bajo una dinámica similar: la necesidad de adaptarse para sobrevivir.
Conoce más sobre la investigación en el artículo “Reassessment of phylogenetic relationships and divergence times of extant Argopecten Monterosato, 1889 species in the Eastern Pacific”.









