65 años de liderazgo y excelencia académica
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Hay historias que comienzan con un edificio. Otras, con un decreto, una firma o una ceremonia. La de la Universidad Peruana Cayetano Heredia comenzó con una convicción.
En 1961, mientras el Perú atravesaba un periodo de transformaciones sociales y políticas, profesores de San Fernando decidieron construir una universidad donde enseñar e investigar no fueran caminos separados. No tenían un local; tenían una idea y la decisión de sostenerla.
El primer examen de ingreso de la institución que estaba por nacer se realizó en abril de 1961. Meses después, el 25 de julio, alrededor de 450 profesores renunciaron ante la asamblea de docentes de San Fernando y crearon la Unión Médica de Docentes Cayetano Heredia.

La decisión no era abandonar una universidad. Era construir otra.
El médico y maestro Víctor Alzamora Castro fue uno de los protagonistas de aquella iniciativa y autor principal de la moción que dio origen a la nueva universidad. Esa misma noche, Alzamora falleció de un infarto cardiaco.
Dos meses después, el 22 de setiembre de 1961, mediante el Decreto Supremo N.° 18, el Gobierno autorizó el funcionamiento de la Universidad Peruana de Ciencias Médicas y Biológicas.
Su primer hogar fue el antiguo Colegio Belén. Allí comenzaron las clases, los laboratorios y la biblioteca. El 15 de enero de 1962, la Universidad abrió sus puertas; el 18 de junio, la ceremonia oficial de inauguración reunió a Honorio Delgado, Alberto Hurtado y al presidente del Perú, acompañados por profesores y estudiantes.

No había grandes edificios ni laboratorios. Cayetano comenzó a construir su patrimonio antes de tener aulas. Después llegaron donaciones económicas y terrenos, y el respaldo de las fundaciones Rockefeller y Kellogg, además de vínculos como Johns Hopkins.
También estuvieron los estudiantes de San Fernando, que decidieron respaldar a sus profesores y participar en la construcción de aquella universidad que apenas comenzaba. En Scala Regala, un programa de televisión, consiguieron reunir más de dos millones quinientos mil soles. Una escena quedó en la memoria: Alfonso Montagne, frente a las cámaras, corta longitudinalmente un cabello humano.
Podría parecer un detalle menor. Pero la escena contenía la esencia de esos años: mientras aprendían medicina, aquellos estudiantes ayudaban a construir la vida universitaria que soñaban.

El nombre de una tradición
Durante sus primeros años llevó el nombre de Universidad Peruana de Ciencias Médicas y Biológicas. Pero fuera de sus aulas la llamaban como a su Facultad de Medicina: Cayetano Heredia. El 29 de enero de 1965, el Consejo Universitario aprobó el cambio de nombre a Universidad Peruana Cayetano Heredia.
No fue solo una nueva denominación. Era el nombre de un médico, educador y reformador que entendió la enseñanza de la medicina ligada a la ciencia, la observación y la renovación del conocimiento.
La ciencia estaba allí desde el comienzo
En 1961, el Instituto de Investigaciones de la Altura comenzó a funcionar en el antiguo auditorio del Hospital Loayza para estudiar los efectos de la altura en el organismo. El legado de Carlos Monge Medrano, pionero de estos estudios, marcaba ya el camino. A su alrededor se reunió una generación de investigadores que dejaría huella en la medicina peruana.
Esa vocación por investigar encontró otros caminos. En la Sala San Vicente del Hospital Dos de Mayo, Hugo Lumbreras impulsó un Servicio de Medicina Tropical. Al incorporarse a la naciente Cayetano, llevó consigo el proyecto.
Lumbreras encontró en una antigua lavandería del Colegio Belén su laboratorio, al que los estudiantes llamaron el Búnker. Allí orientó tesis y desarrolló investigaciones. De aquel trabajo surgiría, en 1968, el Instituto de Medicina Tropical Alexander von Humboldt.
Maestros que hicieron escuela
La ciencia necesitaba laboratorios y maestros. Una universidad se construye alrededor de personas que dejan una manera de enseñar, investigar y mirar el mundo.
Uriel García fue parte de aquella generación de maestros fundadores que entendieron la medicina como ciencia y disciplina profundamente humana. Roger Guerra-García fue médico, investigador, docente y rector. Magdalena Pavlich, vinculada a la Universidad desde sus primeros años, continúa enseñando e investigando y fue pionera de la micología en el Perú.
Son maestros distintos. Sus disciplinas también. Lo que los une es haber dejado discípulos.
Una universidad que también se vivía fuera del aula
La Universidad también se construyó fuera del aula. Desde sus primeros años surgieron el himno y el escudo, las Veladas Médicas, actividades culturales, viajes y, en 1965, la Tuna Universitaria.
También estuvieron el Club de Fotografía, el Cine Club y el paracaidismo. Había espacios para encontrarse más allá de clase. Se podía pasar la mañana en Anatomía, la tarde detrás de una cámara y otro día aprendiendo a volar.
En esa mezcla también se estaba formando el herediano. Una universidad no se construye solamente estudiando, sino creando, cantando, viajando y encontrándose.

Cuando el campus empezó a crecer
Al inicio se consideró construir la sede central en Monterrico Grande, en un terreno donado por la familia Soto. Pero se optó por San Martín de Porres, junto al Hospital del Rímac, en una zona rodeada de pueblos jóvenes y con enormes necesidades. La decisión respondía a una medicina vinculada con la realidad social.
En 1968, la Universidad se trasladó a su sede central en San Martín de Porres. La Universidad pudo haber nacido mirando hacia Monterrico, pero terminó mirando hacia el norte.
La investigación también necesitó crecer dentro del campus. Así surgieron los Laboratorios de Investigación y Desarrollo (LID), concebidos para reunir investigadores de distintas áreas. El proyecto contempló más de 13 000 metros cuadrados y 100 laboratorios. Su construcción comenzó en 1989, durante el rectorado de Alberto Cazorla y con Abraham Vaisberg como decano.
Con los años, esa presencia se extendió. La investigación encontró nuevos territorios en Cerro de Pasco, Piura, Cusco, Iquitos, entre otros. De aquel antiguo colegio en el centro de Lima a nuevos territorios, Cayetano Heredia amplió los lugares donde enseña, investiga y construye futuro.

Las preguntas ya no cabían en un solo lugar
Generaciones de jóvenes formados en Cayetano llevaron sus estudios e investigaciones a universidades, hospitales y centros científicos del Perú y del mundo. La internacionalización dejó de ser una suma de convenios: una pregunta nacida en Cayetano podía encontrar respuestas en otro país, y el conocimiento producido aquí dialogaba con otras comunidades científicas.
Detrás de cada reconocimiento nacional o internacional hay años de estudio, tesis, experimentos y horas de laboratorio. Esa tradición continúa hoy en distintas disciplinas.
Cuando el mundo cambió
En 2020, la pandemia de COVID-19 cambió el mundo. Las aulas se vaciaron, los hospitales se convirtieron en el centro de la emergencia y la educación tuvo que encontrar nuevas formas de continuar.
Cayetano trasladó parte de su enseñanza a la virtualidad mientras sus profesionales y egresados estaban en distintos frentes del sistema de salud, atendiendo, investigando y enfrentando el riesgo.
Pero aquellos años pusieron a la Universidad ante una de las pruebas más difíciles de su historia reciente. La confianza de su comunidad y de la sociedad se vio afectada, y la institución enfrentó las consecuencias de decisiones que marcaron una generación.
Las instituciones no se definen únicamente por sus logros. También por cómo enfrentan sus errores, asumen sus responsabilidades y se reconstruyen. Cayetano tuvo que volver a mirar hacia adelante. No para borrar lo ocurrido. Sino para aprender de ello.

Una historia que llega al presente
Hoy, esa historia continúa bajo la conducción del rector Dr. Wilfredo Gonzáles Lozada, cuya gestión asume el desafío de mirar hacia adelante sin perder aquello que define a Cayetano: preservar su esencia y, al mismo tiempo, seguir evolucionando.
Permanece una idea que acompaña a Cayetano desde su origen: responder, desde la ciencia, a los desafíos de nuestro tiempo sin olvidar lo que nos trajo hasta aquí. Una convicción que sigue proyectándose hacia el futuro y orientando a la Universidad en los nuevos desafíos que tiene por delante.
La historia continúa
Sesenta y cinco años después, la Universidad es otra. Son otros los edificios, las tecnologías, las disciplinas y las preguntas. La Universidad que nació de la medicina extiende hoy sus preguntas hacia las ciencias, la educación, las ingenierías, las humanidades y nuevas fronteras del conocimiento.
Pero hay algo que permanece.
Está en la curiosidad de quien quiere entender lo que aún no conoce. En el rigor de quien no acepta una respuesta fácil. En el investigador que vuelve a preguntar, en el docente que forma a quién vendrá después y en el estudiante que descubre que aprender también es atreverse a preguntar.
Está en quienes llevan el nombre de Cayetano Heredia más allá de sus campus: quienes cruzaron fronteras para estudiar, investigar o enseñar; quienes regresaron y quienes se quedaron.
Eso es llevar el sello herediano.
No es solo haber pasado por sus aulas. Es llevar consigo una manera de mirar el mundo: entender que la ciencia necesita libertad, que el conocimiento exige rigor y que investigar es contribuir.
Como escribió Leopoldo Chiappo, “la Universidad es hogar de la libertad”: libertad para preguntar, investigar, disentir y buscar la verdad. Ese espíritu estaba allí desde los primeros días, cuando una universidad sin campus comenzó a hacerse preguntas sobre la altura, las enfermedades tropicales y los problemas de salud del país.
Quizá por eso la mística herediana no se explica completamente. Se reconoce. Se transmite de una generación a otra, en un laboratorio, un aula, un hospital, una expedición o una conversación.
Spiritus ubi vult spirat.
dR. honorio delgado
El espíritu donde quiere se infunde.
Se infundió en quienes comenzaron de nuevo en 1961, en quienes hicieron ciencia cuando había poco, enseñaron, investigaron, cantaron, viajaron y construyeron comunidad. Y sigue infundiéndose hoy.
Porque una Universidad no permanece igual: permanece viva.
Los fundadores no dejaron simplemente una universidad. Dejaron una forma de entenderla.
Y esa forma sigue construyendo futuro.









