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El camino de las mujeres en la ciencia
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Cada año, el 11 de febrero, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia nos recuerda una paradoja persistente. Aunque cada vez más mujeres ingresan a carreras científicas, su presencia disminuye a medida que avanzan las etapas de la carrera académica. Este fenómeno, observado en muchos países y disciplinas, plantea una pregunta fundamental: ¿por qué tantas mujeres comienzan el camino hacia la ciencia, pero relativamente pocas logran permanecer en él a largo plazo?
A nivel mundial, solo alrededor del 29 % de los investigadores son mujeres. En el Perú, la situación es similar: aproximadamente el 31.8 % de los investigadores registrados en RENACYT son mujeres. Sin embargo, en las etapas iniciales de formación académica la participación femenina es considerablemente mayor. En áreas como las ciencias de la salud, más del 70 % de los estudiantes de pregrado son mujeres. Esta disminución progresiva de la participación femenina a medida que se avanza en la carrera científica se conoce como el “efecto tijera”. Empezamos siendo muchas, pero permanecemos menos, especialmente en posiciones de liderazgo y toma de decisiones, donde los hombres siguen estando sobrerrepresentados.
Diversos factores contribuyen a esta dinámica. Algunos están relacionados con estructuras institucionales, oportunidades de financiamiento o redes profesionales. Otros tienen que ver con la forma en que se distribuyen socialmente las responsabilidades de cuidado y las expectativas sobre la vida familiar.
Las etapas en las que una persona consolida una carrera científica, como el doctorado, el postdoctorado y los primeros años como investigadora independiente, suelen coincidir con los años de mayor fertilidad en la vida de una mujer. Sin embargo, la estabilidad académica suele alcanzarse más tarde, a menudo hacia mediados o finales de la tercera década de vida. Esta coincidencia temporal puede generar tensiones entre decisiones personales y profesionales para quienes desean formar una familia.
Diversos estudios han analizado cómo esta dinámica influye en las trayectorias académicas. Un estudio internacional publicado en Science Advances, que analizó más de 100 000 publicaciones científicas de más de 3000 profesores universitarios, encontró que el nacimiento del primer hijo puede tener un impacto temporal importante en la productividad científica de las madres. En promedio, su producción disminuye entre 17 % y 48 % en los años posteriores al nacimiento, mientras que en los padres el estudio no encontró una reducción comparable en la productividad científica.
Otros trabajos sobre carreras académicas han identificado diferencias importantes en los patrones familiares dentro de la universidad. Investigaciones sociológicas realizadas en la Universidad de California, Berkeley, muestran que entre profesores con posiciones permanentes aproximadamente el 70 % de los hombres están casados con hijos, en comparación con alrededor del 44 % de las mujeres.
Además de estos efectos en la productividad académica, la sociología de la ciencia describe un fenómeno conocido como la “pared maternal” (maternal wall), que se refiere a las barreras explícitas o implícitas que enfrentan muchas mujeres después de convertirse en madres. Estas barreras pueden manifestarse en evaluaciones más exigentes, menor acceso a oportunidades de liderazgo o suposiciones sobre su disponibilidad para asumir responsabilidades académicas. Pero más allá de estas barreras visibles, existe un impacto más sutil: la erosión de uno de los elementos más valiosos para la ciencia, el tiempo para pensar.
La investigación científica no ocurre únicamente en el laboratorio o frente a una computadora; también depende de espacios de reflexión donde surgen nuevas preguntas y conexiones entre ideas. Cuando las responsabilidades de cuidado ocupan una parte importante de la planificación diaria, desde organizar horarios escolares hasta coordinar citas médicas o resolver imprevistos familiares, ese espacio mental disponible puede verse reducido, en gran medida porque estas tareas continúan siendo socialmente asumidas como responsabilidad femenina.
La antropóloga y primatóloga Sarah Blaffer Hrdy señala en su libro Mother Nature que las sociedades humanas están profundamente influenciadas por la forma en que organizan el cuidado y la cooperación. La ciencia, como actividad social, no es ajena a estas dinámicas. Las condiciones en las que se desarrolla el trabajo científico influyen directamente en quién puede permanecer en él y quién queda en el camino. En la misma línea, la científica y escritora Hope Jahren describe en Lab Girl la investigación como una práctica profundamente humana, moldeada no solo por la curiosidad y la perseverancia, sino también por las circunstancias personales y el contexto en el que los científicos construyen sus trayectorias.
Reconocer estas realidades no implica cuestionar la vocación científica de las mujeres, sino comprender mejor el contexto en el que se desarrollan sus trayectorias profesionales. También permite identificar oportunidades para construir entornos académicos más equitativos.
Diversos estudios han señalado que las políticas institucionales también influyen en la permanencia de las mujeres en la academia. Investigaciones recientes han mostrado que la disponibilidad de licencias parentales remuneradas y el acceso a servicios adecuados de cuidado infantil influyen en la decisión de muchas investigadoras de aceptar o permanecer en un puesto académico. Informes de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos también destacan que las necesidades familiares, incluyendo la crianza de hijos, son uno de los factores que más influyen en la retención de mujeres en carreras científicas.
Ampliar la participación de las mujeres en la ciencia no es solo una cuestión de representación. Es una condición necesaria para ampliar las preguntas que nos hacemos, enriquecer la producción de conocimiento y fortalecer nuestra capacidad colectiva para responder a los desafíos del futuro.
Las fechas conmemorativas como el 11 de febrero o el 8 de marzo nos recuerdan que la diversidad fortalece a la ciencia. Cuando más voces participan en la generación de conocimiento, aumentan las perspectivas, las preguntas y las soluciones posibles.
Después de todo, la ciencia no ocurre en laboratorios aislados del mundo. Ocurre en sociedades que, consciente o inconscientemente, deciden qué talento tiene las condiciones para florecer.






