Entre desechos y abandono: La agonía (¿y recuperación?) de la ribera del río Rímac
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Por Mauricio Berríos
“Cuando era niño, esto no era así”, reflexiona con nostalgia un vecino de San Juan de Lurigancho frente al río que serpentea a pocas cuadras de su casa. Observa con melancolía un caudal marrón y sin vida mientras a su alrededor, en la ribera, reposan bolsas de basura y desechos de construcción en lugar de aves o niños jugando. “¿Puedes creer que aquí nadaban peces? Hasta camarones”, añade, casi incrédulo de su propio recuerdo. “Venía a pescar con mi papá y a veces regresábamos con trucha para el almuerzo”.
Así era el “río hablador”, apodado así por el murmullo constante de su corriente, pero hoy ahogado por el ruido de cláxones y motores. El Rimaq fue quien le dio el nombre a Lima, llamado inicialmente Limaq por los españoles al tener dificultades para pronunciar la fonética quechua.
Es en ese valle fértil en los márgenes del río que nuestra ciudad se fundó, prosperó y durante muchos años creció en armonía con su entorno, teniendo al Rímac como un espacio de actividad económica y recreación. ¿Cómo entonces un ecosistema tan vivo terminó casi desahuciado?
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Entre la urgencia y el crecimiento descontrolado
Para encontrar la primera respuesta a esta pregunta debemos retroceder hasta el año 1940, cuando un terremoto de 8.2 grados remeció nuestra capital. Jean-Claude Driant, en su libro Las Barriadas de Lima, explica que la migración masiva ya estaba provocando problemas de hacinamiento por ese entonces. Tras el sismo, las familias de los callejones de Barrios Altos y el Rímac que perdieron sus viviendas empezaron a instalarse en la ribera del río para así no alejarse de sus centros de trabajo.
Ante la emergencia, el Estado permitió las ocupaciones. Con el paso de los años, estas se extendieron debido a su proximidad al centro de la ciudad y al escaso valor que el mercado inmobiliario otorgaba a la zona por su riesgo geológico, en un proceso similar al que ocurrió con las primeras invasiones a los cerros.
Fue así que poco a poco el Rímac dejó de ser un paisaje público para convertirse en el patio trasero de una Lima que crecía descontroladamente. Todo esto ante un Estado rebasado por la demanda habitacional, sin suficientes proyectos de vivienda social y que nunca actuó con firmeza para proteger el valle del río.

Agudización del problema
Durante las siguientes décadas la situación no mejoró. Los nuevos vecinos y hasta fábricas comenzaron a tirar sus desechos de basura y desagüe al río. Además, la contaminación minera proveniente de las cuencas altas de Huarochirí ya había empezado a envenenar el ecosistema, aniquilando lentamente los últimos rezagos de vida que aún quedaban. Hasta la década del 70 aún se podía observar pelícanos buscando alimento en sus aguas, pero no mucho después el Rímac terminó de convertirse en la cloaca infértil que conocemos el día de hoy.
El Dr. Raúl Loayza-Muro, jefe de la carrera de Biología de Cayetano Heredia, señala que en la actualidad los contaminantes que predominan son los metales pesados provenientes de la actividad minera en la cuenca alta, mientras que en la cuenca media y baja se suman los residuos agrícolas, residuos industriales, la basura y los desagües.
Sobre estos últimos, afirma que suponen un problema de salud pública, pues “generan la proliferación de bacterias nocivas que pueden provocar enfermedades relacionadas al sistema digestivo, la piel, los ojos, entre otros, afectando principalmente a niños y ancianos. Esto ya ocurre sobre todo en la cuenca baja del río, en las poblaciones cercanas al Callao, por ejemplo”.
Además, explica que incluso la pesca en el océano puede verse afectada debido a todos los contaminantes que llegan al mar desde la desembocadura del Rímac.

“Ya hay normativas pensadas en proteger el ambiente y controlar estas emisiones. Existen actividades permanentes de distintas instituciones del Estado que se ocupan de monitorear y multar a aquellas empresas, municipios y otros que afecten la calidad del río a través de vertidos no autorizados o que superen los límites máximos permisibles. Sin embargo, al ser muchas de estas visitas programadas, las mineras o industrias se preparan para ellas pero en cuanto la fiscalización ha transcurrido vuelven a descargar efluentes dañinos al río”.

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Una ciudad para los carros y no para las personas
Lamentablemente pareciera que para la ciudad este escenario dejó de ser preocupante y pasó a ser cotidiano desde hace ya mucho tiempo. La Mag. Viviana Sánchez, investigadora del Centro Latinoamericano de Excelencia en Cambio Climático y Salud (CLIMA) de Cayetano Heredia, apunta que esta indiferencia se refuerza por una visión urbanística pensada en ocupar todo el espacio posible para considerarlo “aprovechado”.
Es por ello que en Lima siempre se han priorizado las “obras de cemento”. Un ejemplo es la autopista de la Costa Verde, la cual limita el espacio frente al mar para bañistas y peatones a playas pequeñas y de difícil acceso. Lo mismo ocurre con el Anillo Vial Periférico, que destruirá el bosque urbano de la avenida Separadora Industrial en Ate, o la Vía Expresa Línea Amarilla, la cual reemplazó el proyecto Río Verde y sus espacios de recreación y cultura junto al Rímac. De esto hablaremos más adelante.
Destinar tantos esfuerzos a la infraestructura para el transporte particular en una ciudad que carece de espacios públicos, y donde menos del 15% de la población se moviliza en auto propio es un problema que la mayoría de alcaldes simplemente no ven.
Es esta visión de ciudad la que hace que hayamos normalizado el tener invadida prácticamente toda la ribera del río en su recorrido de más de 50 kilómetros de Chosica al Callao. Mientras que en otros países de la región el río es un lugar de encuentro y relajación en donde se puede pasear, hacer un picnic, realizar deporte y hasta pescar, en Lima, los espacios públicos de calidad son casi tan inexistentes que no notamos su ausencia porque nunca los hemos tenido, y por lo tanto no los reclamamos.
Viviana Sánchez señala que las ventajas de tener un río recuperado son muchas, pues no solo aumentaría la belleza y potencial turístico del centro histórico y de la ciudad en general, sino que también afectaría positivamente la calidad de vida de los limeños.

“Existe un aspecto de relajación por ver cuerpos de agua, parques y naturaleza. Tenemos que comenzar a pensar estos espacios como lugares en los que la ciudadanía puede juntarse y disfrutar de su entorno, alejado del bullicio y el caos de las calles que en Lima funcionan como estresores”.

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Los intentos fallidos de recuperar el Rímac
Uno de los aspectos más desesperanzadores de esta historia es que los proyectos para rescatar el Rímac existen desde hace décadas. El caso más resaltante es el de Río Verde. Este consistía en la recuperación de la ribera desde San Martín de Porres hasta El Agustino, con el fin de darle al centro de Lima un gran pulmón natural de 25 hectáreas. El plan proyectaba malecones, puentes peatonales, espacios culturales y deportivos, además de un parque central ubicado en Cantagallo.
Aunque se planteó originalmente en 1981, se aprobó en 1987 y se ratificó en 1997, la obra nunca se ejecutó.
La propuesta fue retomada por la alcaldesa de Lima en el año 2011 bajo el nombre de Vía Parque Rímac. Esto debido a que ahora debía integrar la Línea Amarilla, un proyecto exclusivamente vial firmado por la anterior gestión municipal en 2009 y que no consideraba la recuperación del río. Con este cambio de denominación y la renegociación de contratos se buscaba armonizar la obra vial con la naturaleza, utilizando los fondos de la concesión para financiar el componente ambiental y social que Lima tanto necesitaba.

Sin embargo, a pesar de que la obra contaba con financiación y expedientes técnicos aprobados, el panorama cambió en 2015. Al volver a la alcaldía, Luis Castañeda canceló el proyecto y destinó el presupuesto a la construcción de un by-pass en la avenida 28 de julio.
¿Un futuro esperanzador para nuestro río hablador?
Al respecto, Augusto Ortiz de Zevallos, arquitecto responsable del sistemáticamente frustrado Río Verde, asegura que “en Lima los proyectos de largo aliento no se afrontan nunca porque las autoridades suelen calcular sus tiempos políticos para su beneficio inmediato, en lugar de dejar un verdadero legado a futuro”.

“La restauración del centro a través de sus ríos es un fenómeno que ya ha pasado en Quito, Santiago de Chile, Barcelona, París y otras ciudades del mundo. Han recuperado su identidad y sus lugares de reencuentro. Un río sano no solo significa una oportunidad ambiental y ecológica, sino de cultura, empleo, turismo, seguridad, recreación y demás servicios”.
Afortunadamente, no todo está perdido. Durante las últimas 2 gestiones municipales se ha tratado de revivir el proyecto, hoy bajo el nombre de Proyecto Especial Paisajístico Río Rímac. Liderado actualmente por PROLIMA, el nuevo plan maestro con miras al 2029 busca darle al centro histórico casi 11 hectáreas de áreas verdes a través de una intervención de 4 kilómetros. Aunque Ortiz de Zevallos lamenta que no se hayan aprovechado los trabajos anteriores, celebra que por fin se vaya a ejecutar una obra que puede suponer el primer paso para recuperar toda la ribera del río. “Espero que la gestión entrante lo haga”, afirma.

Pero, una vez un plan de tales magnitudes se ejecute, la pelota volverá a estar en la cancha de los ciudadanos. Loayza-Muro señala que la siguiente generación de peruanos debe recibir una educación ambiental mucho más sólida, en la que las personas no cuiden su río solo por miedo a una multa, sino porque valoran lo que este les ofrece y quieren mantenerlo sano.
Por su parte, Viviana Sánchez señala que empezar pequeños movimientos digitales que incentiven a los limeños a pasar tiempo cerca del río -ya sea participando en campañas de limpieza o tratando de aprovechar los por ahora pocos espacios accesibles en la ribera- puede ser clave para alentar a que cada vez más gente quiera y exija un Rímac más limpio para todos.

Quizá pasen muchos años hasta que podamos volver a ver peces en nuestro río hablador, pero el primer paso para que pueda recuperar su voz es dejar de darle la espalda.











