Cuando la tierra vuelva a moverse: los desafíos de Lima ante un gran sismo
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Por Caleb Quispe Lopez
Son las 10:30 de la noche del 28 de octubre de 1746. La Ciudad de los Reyes, capital del Virreinato del Perú, empieza a temblar. En minutos, la Catedral, el Palacio del Virrey y el Tribunal de la Inquisición quedan en ruinas. Poco después, el mar se retira y regresa convertido en olas de 10 metros que arrasan el Callao.
Han pasado casi 280 años. Y la pregunta sigue intacta: ¿qué pasaría si eso volviera a ocurrir hoy?
Tras los recientes sismos registrados en Venezuela, el pasado 24 de junio, y en Colombia, hace apenas dos días, la atención vuelve a dirigirse hacia una realidad que forma parte de la historia y la geografía del Perú: vivimos en una de las regiones con mayor actividad sísmica del mundo. La costa peruana se encuentra frente a una zona de subducción donde la placa de Nazca se introduce por debajo de la placa Sudamericana, un proceso que genera una intensa actividad sísmica.
Los especialistas lo vienen advirtiendo desde hace años: la costa central del Perú podría experimentar un gran terremoto. La ciencia no puede decir cuándo, ni con qué magnitud exacta.
Lo que sí sabe es que ya ocurrió antes, y que las condiciones para que vuelva a ocurrir siguen ahí.

La historia de Lima demuestra que los grandes sismos no son un fenómeno nuevo. Desde la época del Tawantinsuyo hasta la Colonia, las crónicas registran fuertes movimientos que redujeron a escombros viviendas, huacas, iglesias y palacios.
Pero ningún acontecimiento marcó tanto la memoria de la ciudad como el sismo del 28 de octubre de 1746, cuya magnitud se estima hoy entre 8,6 y 9,0 Mw. El tsunami posterior arrasó el Callao, y edificios emblemáticos de Lima quedaron destruidos o gravemente dañados.
En esa época, la explicación del fenómeno era muy distinta a la de hoy: en Europa se atribuía a materiales combustibles subterráneos, y en Lima llegó a culparse a la «pérdida de las costumbres religiosas» e incluso a la vestimenta de las mujeres como causa de la ira divina.
Hoy sabemos que los terremotos tienen un origen completamente distinto. El Perú se ubica en el Cinturón de Fuego del Pacífico, y una de las principales fuentes de nuestros sismos es la subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana, un proceso continuo en el que las placas acumulan esfuerzos que, tarde o temprano, se liberan.
Vale una aclaración: terremoto y sismo no son fenómenos distintos, son el mismo concepto científico; el lenguaje cotidiano solo reserva «terremoto» para los de gran impacto. Tampoco es lo mismo magnitud (la energía liberada en el origen) que intensidad (cómo se percibe en un lugar determinado, según el suelo, la distancia y la calidad de las construcciones).
La magnitud, por sí sola, no determina la destrucción.
Desde 1746, Lima ha vivido numerosos sismos —como los de 1940, 1966, 1970 y 1974—, pero ninguno ha reproducido un evento de magnitud comparable al del siglo XVIII. Esto no significa que esos sismos «no liberaran energía»: todo sismo la libera, la diferencia está en la magnitud y en el tamaño del segmento de falla que se rompe.
«Los sismos son eventos cíclicos, se repiten cada cierto tiempo. Entre más grande un sismo, más grande es el tiempo que toma en repetirse.»
Dr. Hernando Tavera Huarache — Jefe institucional del Instituto Geofísico del Perú (IGP)
Por eso, cuando los especialistas hablan de un gran sismo pendiente frente a la costa central, no están anunciando una fecha: se refieren a una posibilidad asociada a la dinámica tectónica y a zonas donde se acumula deformación.
El sismo de 1970 —de magnitud 7,9 Mw frente a Áncash— es clave para entender la vulnerabilidad del país: el desprendimiento de una masa de hielo y roca del Huascarán desencadenó un aluvión que sepultó Yungay y Ranrahirca, dejando decenas de miles de muertos y más de un millón de afectados. Esa tragedia impulsó la creación del Sistema Nacional de Defensa Civil (1972) y, después, del INDECI (1987).

Pero la pregunta sigue vigente: ¿qué ocurriría si un sismo de gran magnitud afectara hoy a Lima?
Lima frente al movimiento: ¿estamos preparados?
El desafío no está únicamente en el sismo. También está en la ciudad que el sismo encuentra.
Para el Mag. José Chaparro, uno de los principales problemas de Lima es su crecimiento urbano sin una planificación integral y sostenida durante décadas. La migración del campo a la ciudad, la pobreza y la falta de acceso a vivienda adecuada aceleraron la expansión de las periferias, especialmente en los años 80 y 90, mediante autoconstrucción: sin profesionales especializados, sin estudios de suelo ni proyecto estructural.
El resultado es una ciudad con distintos niveles de vulnerabilidad. En las laderas, las viviendas se ubican muy próximas entre sí, con accesos reducidos que podrían dificultar la llegada de ambulancias y equipos de rescate. Y esto no ocurre solo ahí: también en zonas llanas hay construcciones que no cumplen las condiciones técnicas exigidas.
Chaparro llama a esto un problema de «cultura de construcción»: la población debe entender que planos, estudios de suelo y normas técnicas no son conocimiento exclusivo de ingenieros y arquitectos.
Según su estimación, entre el 70 % y el 80 % de las viviendas autoconstruidas podrían sufrir daños severos ante un gran sismo.
Esta vulnerabilidad también alcanza a la infraestructura pública. Los hospitales no solo deben mantenerse en pie: deben seguir funcionando después del sismo para recibir pacientes.

«Los materiales de construcción de estas edificaciones ya han cumplido su ciclo de vida, ya están fatigados.»
Mag. José Chaparro — Profesor principal de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNI (FAUA-UNI)
La misma preocupación se extiende a los colegios, muchos con problemas de mantenimiento, pese a que en una emergencia podrían ser espacios clave para la atención temporal de la población.
La pregunta, entonces, no es solo si Lima sufrirá un gran sismo. Es qué ciudad encontrará ese sismo cuando ocurra.
Cuando el sismo termina, comienza otra emergencia
El sismo de Pisco, en 2007 (8,0 Mw), mostró algo clave: una emergencia de esta naturaleza no termina cuando deja de moverse el suelo. Las telecomunicaciones colapsaron por saturación de redes, las vías quedaron restringidas y el restablecimiento del agua tomó varios días en algunas zonas. En Lima, un sismo de gran magnitud podría dañar simultáneamente las redes de agua, electricidad, gas y telecomunicaciones, además de generar incendios por fugas de gas o cortocircuitos.
Pero quizá el mayor desafío estaría en el sistema de salud. El Dr. Celso Bambarén explica que, además de atender a las víctimas del sismo, el sistema tendría que responder a casos crónicos —hipertensión, infartos— y garantizar tratamientos en curso, como hemodiálisis.
Un estudio de Bambarén, Uyen y Rodríguez, basado en el modelo de INDECI, estimó que un sismo de magnitud 8,0 frente a la costa central podría dejar en Lima y Callao alrededor de 51,019 fallecidos y 686,105 heridos. Son cifras de un escenario de modelamiento, no una predicción, pero muestran la dimensión del reto: la demanda de atención no siempre coincide con dónde están ubicados los hospitales disponibles. En el plano económico, Bambarén estimó que el sismo de Pisco representó, solo en el sector salud, pérdidas de entre 2,700 y 4,600 millones de dólares.
La emergencia empieza con el movimiento de la tierra. Pero sus consecuencias pueden extenderse durante días, semanas o incluso meses.
El sismo que no podemos evitar, pero sí podemos enfrentar mejor
La ocurrencia de un gran sismo no puede evitarse, ni predecirse con precisión. Pero sí podemos reducir sus consecuencias.
En 2026, el Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento actualizó la Norma Técnica E.030 «Diseño Sismorresistente» (R.M. N.° 183-2026-VIVIENDA), para incorporar avances técnicos que fortalezcan la seguridad de las edificaciones. Pero el desafío no termina con la norma: buena parte de la vulnerabilidad está en las viviendas informales, y una estrategia real de reducción de riesgo necesita mapas de riesgo precisos, basados en el tipo de suelo, la densidad poblacional y la antigüedad de cada vivienda.
La infraestructura pública —hospitales, colegios— debe ser prioridad, con evaluaciones de vulnerabilidad y reforzamiento estructural. La experiencia de Pisco mostró también la importancia de la articulación entre sectores: la propia UPCH participó entonces en el apoyo a los damnificados, con el envío de estudiantes de Medicina y la recolección de donaciones, mientras que docentes y profesionales de Psicología acompañaron a las personas afectadas.

La prevención también debe empezar antes de que ocurra el sismo. Una familia no necesita ser experta en ingeniería, pero sí necesita conocer los lugares seguros de su vivienda, las rutas de evacuación y qué hacer durante y después de un sismo. Instituciones como SENCICO y las propias universidades pueden aportar a esa «cultura de construcción» mediante capacitación y programas de extensión.
«Las carreras de ingeniería y arquitectura podrían desarrollar programas de servicio a la comunidad similares, en espíritu, a experiencias como el SECIGRA Derecho o el SERUMS, orientados a acercar el conocimiento técnico a las poblaciones vulnerables.»
— Mag. José Chaparro
Los simulacros no son solo un ejercicio: son la oportunidad de practicar una respuesta que, en una emergencia real, debe ejecutarse con rapidez. El sismo de magnitud 8,8 frente a Kamchatka en 2025 demostró que un gran sismo puede ocurrir sin una catástrofe humana de proporciones similares —aunque eso depende de varios factores, no solo de la prevención—. Lo que sí confirma la experiencia es que la preparación importa, y que debe llegar más allá de las escuelas: a los hogares.
Como señala el Dr. Tavera:

«Cada familia debería dedicar un tiempo a identificar los lugares seguros de su vivienda y prepararse para responder cuando ocurra un sismo. Si eso enseñamos a nuestros hijos, ellos mismos enseñarán a sus hijos, y así tendremos una cultura de prevención.»
La tierra seguirá moviéndose. Es parte de la naturaleza del planeta en el que vivimos. Lo que todavía está en nuestras manos es decidir cómo queremos que Lima enfrente ese momento.
Porque un gran sismo no se puede evitar. Pero una gran tragedia sí puede reducirse.









