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El síndrome de ovario poliquístico (PCOS) cambia de nombre para reflejar mejor la enfermedad

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El camino para cambiar el nombre tomó 14 años y una colaboración mundial de 56 organizaciones.

Por: Dra. Carla Gonzales

Durante años hemos hablado del síndrome de ovario poliquístico (PCOS) como si el problema estuviera definido principalmente por los ovarios y la presencia de “quistes”. De hecho, el propio nombre empujaba a pensar en una condición exclusivamente ginecológica y reproductiva, centrada en la fertilidad y en las alteraciones menstruales.

Pero recientemente, un consenso global publicado en The Lancet oficializó el cambio de denominación a Polyendocrine Metabolic Ovarian Syndrome (Síndrome Ovárico Metabólico Poliendocrino – PMOS), reconociendo que el término anterior no representaba adecuadamente la complejidad de la enfermedad. Y aunque a primera vista podría parecer sólo un ajuste terminológico, en realidad refleja algo mucho más profundo: un replanteamiento sobre cómo entendemos la enfermedad y cómo construimos evidencia científica alrededor de la salud de las mujeres.

El problema del nombre anterior no era únicamente semántico. Ocurría que muchas mujeres diagnosticadas con SOP nunca tuvieron “quistes” ováricos reales, mientras que otras conviven además con alteraciones metabólicas, endocrinas, cardiovasculares y de salud mental que quedaban parcialmente invisibilizadas bajo una mirada centrada casi exclusivamente en lo reproductivo.

Y esto resulta más importante de lo que parece. Porque la forma en que nombramos una enfermedad condiciona cómo la investigamos, cómo la enseñamos en las universidades, cómo se diagnostica e incluso cómo se diseñan políticas públicas de salud alrededor de ella.

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Durante décadas, muchas enfermedades femeninas fueron descritas desde aproximaciones parciales o simplificadas. No necesariamente de forma intencionada, sino porque la investigación biomédica históricamente se construyó desde modelos que no siempre representaban adecuadamente la complejidad de la fisiología femenina.

El caso del PCOS/PMOS es particularmente interesante porque muestra cómo la ciencia también evoluciona revisando sus propios marcos conceptuales. Durante años, centrarse solo en “ovarios” y “quistes” terminó reduciendo una enfermedad compleja a una definición limitada, dejando en segundo plano aspectos tan relevantes como la resistencia a la insulina, el riesgo cardiovascular, la inflamación crónica, la salud mental o las alteraciones metabólicas asociadas.

Mover esta condición desde una categoría exclusivamente ginecológica hacia una visión endocrino-metabólica sistémica tiene implicancias enormes. Esto cambia la manera en que entendemos el riesgo cardiovascular en mujeres jóvenes, la prevención de enfermedades metabólicas y el desarrollo de estrategias de medicina más personalizadas y representativas.

Pero probablemente el punto más importante de esta discusión es otro. El cambio de nombre obliga también a preguntarnos cuántas otras condiciones médicas seguimos entendiendo desde categorías parciales o desactualizadas. Cuántas veces los sesgos históricos de la investigación terminan influyendo en aquello que vemos, en aquello que dejamos de ver y en las preguntas que decidimos formular.

A veces pensamos que la ciencia avanza únicamente descubriendo cosas nuevas. Pero en muchos casos, también avanza cuando aprende a mirar de otra manera aquello que llevaba años observando.

Y probablemente ahí está una de las lecciones más importantes de esta discusión. La ciencia no avanza únicamente acumulando nueva evidencia; avanza también cuando es capaz de cuestionar sus propias categorías, revisar sus sesgos y replantear las preguntas desde las que construye conocimiento.

Porque aquello que decidimos mirar -y la forma en que lo nombramos- también define lo que terminamos entendiendo. Y durante mucho tiempo, en la salud de las mujeres, muchas de esas preguntas fueron incompletas.

Esta enfermedad afecta a una de cada 10 mujeres en el mundo.