Recurso-5cayetano-360

La otra cara del Bullying: ¿Cómo nace un acosador escolar?

Publicado el

Más del 40% de colegios en el Perú tienen alumnos sufriendo acoso escolar, reportó el Ministerio de Educación en 2025.

Por Mauricio Berríos

Volver a clases después de las vacaciones de verano debería ser siempre algo emocionante. Más allá de la pereza del primer día, el reencuentro con los amigos, la ilusión por nuevos conocimientos y la sensación de que un largo año lleno de aventuras está comenzando son los pilares de una vida escolar sana. Sin embargo, en las dinámicas grupales pueden comenzar a escucharse un par de chistes de más, alguna burla cruel o un estudiante puede dejar de ser incluido Aún no parece grave, pero es ahí, en esos gestos aparentemente inofensivos, donde muchas veces empieza el acoso escolar.

A diferencia de un conflicto puntual, el bullying se construye a partir de la repetición. Se manifiesta cuando la conducta de violencia se vuelve sistemática y busca intimidar, excluir o someter a otro estudiante, generalmente dentro de una relación desigual de poder. Este poder no siempre es físico. Puede manifestarse también en popularidad, influencia sobre el grupo o la capacidad de imponer decisiones, muchas veces desde el miedo que el agresor provoca en otros, dentro del salón.

Hoy, el acoso escolar adopta múltiples formas: Físico, verbal, social y también digital. Desde empujones o golpes, insultos y apodos o exclusión progresiva del grupo. En los adolescentes, estas dinámicas pueden trasladarse a redes sociales y chats, amplificando el impacto del hostigamiento más allá del aula.

Sin embargo, entender cómo se manifiesta el acoso es solo el primer paso. Si el objetivo es prevenirlo, la pregunta clave debería ser otra: ¿Qué lleva a un estudiante a convertirse en agresor?

LEE TAMBIÉN: Luchando contra los prejuicios: La realidad de vivir con VIH hoy en el Perú

La psicología del agresor: Cuando lo aprendido se replica (y celebra)

El comportamiento de acoso no aparece de la nada. Se construye a partir de experiencias previas, muchas de ellas fuera del colegio. El psicólogo Manuel Saravia, quien tiene un máster en la Universidad Peruana Cayetano Heredia, señala que uno de los factores más influyentes es el entorno familiar. Niños y adolescentes que han crecido en contextos de violencia, como testigos o víctimas, tienden a replicar esas conductas en otros espacios.

“Lo que ellos recibieron es lo que ellos dan en el colegio”, explica.

A esto se suma la falta de límites claros durante la crianza. Conductas agresivas que no son corregidas, o incluso reforzadas con risas o indiferencia por parte de los adultos, terminan consolidándose. Un niño que no aprende a regular su comportamiento difícilmente desarrollará herramientas para relacionarse de forma respetuosa con sus pares.

En paralelo, existen factores emocionales que también intervienen. Saravia señala que los problemas de control de impulsos, la baja tolerancia a la frustración o dificultades para gestionar emociones pueden traducirse en conductas agresivas dentro del entorno escolar. En estos casos, el acoso se convierte en una forma de canalizar malestar o de simplemente querer llamar la atención.

En esta línea, el agresor no actúa en aislamiento. En la etapa escolar, especialmente durante la adolescencia, la validación del grupo adquiere un peso determinante. La necesidad de pertenecer, de ser aceptado o de destacar frente a los demás puede llevar a algunos estudiantes a adoptar comportamientos que son celebrados o reforzados por sus compañeros.

“La aprobación de los pares puede ser incluso más importante que la de los padres”, advierte Saravia. Así, la risa, la complicidad o el silencio del grupo no son neutrales, sino que fungen como combustible para que el acoso continúe.

LEE TAMBIÉN: Comemos rico, pero ¿comemos bien?: La otra cara de la gastronomía peruana

El aula como escenario: Jerarquías y silencios cómplices

Dentro del aula, el acoso no surge de la nada. Se construye en un entorno donde las relaciones entre estudiantes están en constante formación. Rosario Rivas Plata, educadora y docente de Cayetano Heredia explica que, muchas veces sin intención, son los propios adultos quienes contribuyen a establecer jerarquías dentro del grupo.

Cuando se reconoce de manera constante a los mismos estudiantes, sea por su inteligencia, habilidades sociales o agilidad deportiva, se generan diferencias que los propios niños empiezan a replicar. Así, algunos adquieren mayor visibilidad y poder, mientras otros quedan relegados.

Estas jerarquías también se refuerzan por factores como la apariencia física, el rendimiento académico o las diferencias económicas. Con el tiempo, estas distinciones se traducen en dinámicas de inclusión y exclusión que pueden facilitar la aparición del acoso.

En este escenario, la Dra. Rivas Plata explica que los llamados “observadores” cumplen un rol clave. Son los compañeros que presencian la agresión sin intervenir. Sus risas o incluso su silencio terminan validando la conducta del agresor. Sin ese respaldo, muchas situaciones de acoso perderían fuerza.

A esto se suman los errores en la intervención de parte de los adultos. Minimizar el problema, tratarlo como “cosas de niños” o responder únicamente con castigos son prácticas frecuentes que no abordan el fondo del problema. En muchos casos, estas respuestas ignoran que detrás de la conducta agresiva hay factores emocionales y sociales que requieren un trabajo más profundo.

Bullying-2
En 2025 el MINEDU reportó más de 10 000 casos de violencia escolar en el Perú.

Cuando el problema se extiende

El impacto del bullying no se limita a la víctima. Si bien quienes sufren acoso pueden desarrollar ansiedad, aislamiento, bajo rendimiento académico e incluso síntomas físicos como dolores o problemas de sueño, las consecuencias también alcanzan al agresor.

El Mag. Saravia explica que a largo plazo, normalizar la violencia como forma de relacionarse puede generar dificultades para construir vínculos saludables. Problemas de conducta, bajo desarrollo de la empatía e incluso conflictos académicos o legales pueden derivar como consecuencia de no corregir estos comportamientos a tiempo. 

El entorno tampoco queda al margen. Un aula donde el acoso no es atendido se convierte en un espacio inseguro. La confianza se rompe, el clima se deteriora y el aprendizaje se ve afectado para todos los estudiantes.

LEE TAMBIÉN: El tiempo que Lima nos quita: ¿Cómo sobrevivir al estrés de una ciudad que nos lleva al límite?

Prevenir desde el primer día

Frente a este panorama, la prevención no puede ser reactiva. Debe construirse desde el inicio del año escolar. Establecer normas claras de convivencia, fomentar la educación emocional y generar espacios de diálogo son acciones clave para evitar que estas dinámicas se consoliden.

Desde el aula, esto implica enseñar a los estudiantes a reconocer sus emociones, a ponerse en el lugar del otro y a resolver conflictos de manera pacífica. Pero también exige un rol activo del docente como guía del desarrollo socioemocional del grupo.

A nivel institucional, contar con protocolos claros es fundamental. Eular Garay, licenciado en Educación Primaria por Cayetano Heredia y Coordinador Académico del Nivel Primaria en el Colegio San Andrés de Cajamarca señala que ante la detección de un posible caso de acoso debe activarse un proceso exhaustivo que incluya medidas de protección inmediata, comunicación con las familias, registro oficial del caso y, de ser necesario, derivación a servicios externos.

Sin embargo, más allá de la respuesta ante el problema, afirma que el énfasis está en la prevención. La orientación permanente, la integración de las familias y el establecimiento de compromisos claros entre todos los actores buscan evitar que estas conductas lleguen a consolidarse.

“Cuando el acoso ya ha aparecido, la intervención debe ser integral. Escuchar a la víctima, brindar soporte emocional y tomar acciones concretas para detener la agresión es tan importante como trabajar con el agresor y su entorno familiar. De lo contrario, el problema no desaparece: solo cambia de forma o de objetivo”, explica. 

El acoso no empieza en el recreo, sino en las aulas. Pensar también en el acosador no implica justificar la violencia, sino reconocer que para solucionar el problema se requiere romper tabús, entender que el bully es también un niño o adolescente con problemas y que muchas veces son los mismos docentes y familias quienes los ignoran.