Scroll infinito: Desconectados en la era de la hiperconectividad
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Por Mauricio Berríos
Son las 11 de la noche. Tomas tu celular para responder unos mensajes pendientes. Mientras abres WhatsApp aparece una notificación de Instagram. Luego te sale un reel. Entras a verlo. Scrolleas y ves otro. Después otro. Y otro más. Cuando finalmente vuelves a mirar el reloj ya pasó más de una hora y estás yéndote a dormir tarde.
El día siguiente despiertas cansado. No recuerdas exactamente qué viste. Tal vez algunos memes brainrot o unas frutinovelas, noticias de las últimas elecciones o videos de animalitos tiernos. Sin embargo, sí recuerdas una sensación: perdiste el tiempo.
Escenas como esta se repiten todos los días para millones de personas. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información, tantas formas de entretenimiento y tantas posibilidades de comunicación. Paradójicamente, tampoco había sido tan difícil concentrarnos, tolerar el aburrimiento o simplemente estar solos con nuestros pensamientos.
¿Cómo es que llegamos a este punto?
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Conectados con todos, desconectados en la vida real
Desde su relativamente reciente auge, las redes sociales han transformado profundamente la manera en la que nos relacionamos. Hoy podemos conversar con alguien al otro lado del planeta en cuestión de segundos, mantener contacto permanente con familiares y amigos, jugar en línea o hasta encontrar al amor de nuestra vida por internet.
Sin embargo, esta expansión de nuestras redes también ha modificado la naturaleza de nuestros vínculos.
Para el Mag. Jorge Mendoza, psicólogo social y docente de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, antes de la masificación de internet las relaciones humanas estaban mucho más ligadas a la experiencia directa.
El especialista afirma que la comunicación presencial permite captar elementos que una pantalla no puede transmitir completamente, tales como gestos, silencios, cercanía física o simplemente contacto humano.

“Antes había una interacción humana directa en la cual se podían plasmar las sensibilidades y expresar los sentimientos entre nosotros de manera más auténtica. Podíamos captar al instante lo que sentía la otra persona al interactuar con nosotros, y nosotros también transmitir ese aspecto”.
La paradoja es evidente. Tenemos más formas de comunicarnos que nunca, pero eso no necesariamente significa que nos sintamos más acompañados. Un estudio publicado en 2026 por el Journal of American College Health, con cerca de 65 mil universitarios, encontró que el 54 % declaró sentirse solo. Además, los jóvenes que utilizan redes sociales durante más de 30 horas por semana presentan un 38 % más riesgo de sentirse así en comparación a quienes no superan las 16 horas.
Mendoza advierte que una gran cantidad de contactos digitales no siempre se traduce en vínculos significativos, pues “se ha generado una situación en donde los chicos suelen tener mayor cantidad que calidad en sus círculos”.
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Aburrimiento a pesar del scroll
Muchas personas creen que utilizan redes sociales porque les entretienen intrínsecamente. Sin embargo, detrás de este hábito existe una razón mucho más simple: El aburrimiento.
Esperar en la cola del banco, viajar en transporte público o permanecer unos minutos sin hacer nada se ha vuelto cada vez más incómodo. Frente a ello, el celular aparece como una solución inmediata.
Pero estudios recientes sugieren que esta estrategia podría estar produciendo el efecto contrario.
Una investigación de la Universidad Europea del Atlántico publicada en 2026 encontró que si bien los jóvenes suelen recurrir a plataformas como TikTok para escapar del aburrimiento, el consumo excesivo de videos cortos termina incrementando esa misma sensación posteriormente. Los investigadores describen este fenómeno como un círculo vicioso: Cuanto más se utiliza el contenido breve para combatir el tedio, más difícil se vuelve tolerarlo.
La investigación también encontró que cambiar constantemente de un video a otro genera un efecto contraproducente. Lejos de mantenernos estimulados, este comportamiento aumenta el aburrimiento posterior, reduce la sensación de atención sostenida y disminuye la percepción de que estamos realizando una actividad significativa… Sin embargo lo seguimos haciendo.
Para el Dr. César Manrique, psicólogo clínico por la Universidad Peruana Cayetano Heredia, este fenómeno no es casual.

“Estos algoritmos provocan un efecto similar en nuestros cerebros al de las máquinas tragamonedas. Están diseñados para darnos recompensas rápidas y alegrías temporales, aunque vanas, básicas y olvidables”.
Pero estas plataformas no compiten únicamente por usuarios. Compiten por tiempo. Cada minuto adicional que una persona permanece conectada representa una oportunidad para mostrar publicidad, recopilar datos o recomendar más contenido.
Por ello, su objetivo no es necesariamente que encontremos lo que buscamos, sino que sigamos buscando.

La dopamina digital y el cerebro en estado de alerta
Esta dinámica no solo afecta nuestros hábitos cotidianos. También influye en procesos psicológicos fundamentales.
La Dra. Dany Araujo, docente de la Facultad de Psicología de Cayetano Heredia y conductora de Cayetanamente en Cayetano+, explica que detrás del hábito de revisar constantemente el celular existen mecanismos psicológicos muy similares a los que intervienen en otros comportamientos repetitivos. Las recompensas inmediatas que ofrecen las plataformas digitales terminan reforzando una conducta que es cada vez más problemática.

«Las personas repetimos las conductas en base a los reforzamientos que obtenemos cuando hacemos dichas conductas. A veces nos es más gratificante tener un reforzamiento a través de lo que nos puede dar el celular que propiamente del entorno. Esto debido a que nos hemos ido desconectando poco a poco de relacionarnos y dar reforzamientos positivos a nuestros pares en persona.»
El problema aparece cuando el cerebro comienza a acostumbrarse a niveles cada vez más altos de estimulación. Actividades que requieren atención prolongada, como leer, estudiar o sostener una conversación extensa, pueden empezar a sentirse menos atractivas frente a la gratificación inmediata y la dopamina que ofrecen las plataformas digitales.
Diversos datos respaldan esta preocupación. Según el informe The Attention Economy: The Currency of the Digital Age de Dentsu Creative (2024), el tiempo promedio de atención sostenida frente a contenidos digitales se redujo de aproximadamente 75 segundos en 2012 a 47 segundos en 2023.
Además, un experimento realizado en 2023 por investigadores de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich encontró que las interrupciones mediante videos cortos similares a TikTok afectaban significativamente la memoria prospectiva de los participantes, es decir, su capacidad para recordar qué estaban haciendo antes de distraerse. En contraste, las interrupciones mediante texto o videos de formato largo no produjeron el mismo efecto.
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Sobreinformados, pero cada vez más confundidos
Durante décadas se asumió que tener acceso a más información nos haría una sociedad mejor informada. Hoy es posible aprender sobre nutrición, psicología o economía en videos de apenas treinta segundos. Sin embargo, la simplificación extrema de temas complejos puede generar una falsa sensación de conocimiento.
Los algoritmos contribuyen a este problema al mostrarnos principalmente contenidos similares a aquellos con los que ya interactuamos o reforzando nuestros propios sesgos.
La consecuencia es que muchas personas terminan expuestas únicamente a información que confirma sus creencias previas, reduciendo el contacto con perspectivas diferentes.

Esto resulta especialmente preocupante en temas de salud mental.
Una investigación realizada en 2024 por la plataforma médica PlushCare encontró que el 83.7 % de los consejos sobre salud mental más populares en TikTok contenían información engañosa o incorrecta. Más alarmante aún, el 14.2 % incluía contenido potencialmente perjudicial para quienes lo consumían.
Además, el estudio reveló que el 91% de los creadores que difundían este tipo de consejos carecían de formación profesional en salud mental.
A pesar de ello, las redes sociales se han convertido en una fuente habitual de autodiagnósticos. No son pocos los jóvenes que recurren peligrosamente a plataformas digitales para identificar supuestos síntomas de depresión, ansiedad o TDAH.
La realidad es que nunca había sido tan fácil acceder al conocimiento, pero tampoco había sido tan fácil perderse entre miles de versiones contradictorias de una misma realidad.
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¿Estamos más conectados o más solos?
Más allá de los algoritmos, la dopamina y las redes sociales, todo apunta hacia una pregunta más profunda: ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo?
Los especialistas coinciden en que el desafío no consiste en eliminar la tecnología ni en demonizar las redes sociales. Después de todo, estas herramientas ofrecen beneficios reales y forman parte inevitable de la vida moderna.
La diferencia está en cómo las utilizamos. No todas las plataformas generan los mismos efectos. Mientras aplicaciones de mensajería directa como WhatsApp suelen asociarse con menores niveles de soledad al fortalecer relaciones ya existentes, las plataformas centradas en el consumo pasivo de contenido como TikTok presentan asociaciones más fuertes con sentimientos de aislamiento.

Recuperar espacios de conversación, fortalecer los vínculos familiares, fomentar actividades presenciales y desarrollar una relación más consciente con la tecnología aparecen como algunos de los desafíos de esta generación.
La tecnología ha ampliado nuestras posibilidades de aprender, comunicarnos y crear de formas que generaciones anteriores difícilmente habrían imaginado. Pero mientras seguimos deslizando el dedo sobre una pantalla que nunca termina, nos conviene recordar que la atención sigue siendo uno de los recursos más valiosos que tenemos. Porque cada video puede durar apenas unos segundos, pero el tiempo que desaprovechamos nunca regresa.









